Finalmente estoy aprendiendo a manejar, un sueño de años que ya no podía seguir postergando. El auto es libertad, y la libertad es un pilar en la vida que estoy construyendo.
Voy apenas tres clases y ya estamos dando vueltas por la ciudad. Es un proceso doloroso pero muy divertido. Aprender es enfrentar la inevitable brecha que hay entre la realidad y las expectativas.
Me tocó un buen instructor, exigente pero buena onda. Todo el tiempo está recordándome qué hacer y corrigiéndome cuando me equivoco: "En la próxima doblamos a la izquierda. Prendé el señalero, mirá por el espejo y si no viene nadie te vas pasando al carril de la izquierda", "Ahí pusiste cuarta. Acordate de cambiar siempre en dos tiempos, primero vas a punto neutro y después subís derecho la palanca para poner tercera".
Al volante no hay ego. No pienso en otra cosa. Toda mi atención está puesta en mantener el control del vehículo, en el tránsito y en los comentarios del instructor.
Cada arranque, cada parada y cada giro es una oportunidad para ganar un poquito más de autonomía.
Dice la tía Wikipedia que la palabra automóvil viene del griego αὐτός (autós), que significa "sí mismo" o "uno mismo", y del latín mobilis, que significa "móvil" o "que se mueve". O sea que automóvil significa eso mismo, que se mueve solo, sin necesidad de ser tirado por caballos. Es exactamente lo que quiero, que no tengan que llevarme.
Ser libre, al menos por un rato.