Los 5 libros que leí en 2025
  1. Cuatro mil semanas: Gestión del tiempo para mortales, Oliver Burkeman
  2. Los hijos de los días, Eduardo Galeano
  3. Arte y miedo: Peligros (y recompensas) de la creación artística, David Bayles, Ted Orland
  4. Los cuatro acuerdos: Un libro de sabiduría tolteca, Miguel Ruiz
  5. Comunicación No Violenta: Un Lenguaje de Vida, Marshall Rosenberg
El sótano

Hay un yo que no me gusta. Cobarde, egoísta, inseguro, ahogado. Un yo que no enfrenta sus problemas, no se hace cargo de sus decisiones, y señala en los demás lo que no le gusta de sí mismo.

Hay un yo que quisiera secuestrar y encerrar en un sótano. Me gustaría asesinar a ese yo, pero no puedo. Solo puedo dejarlo ahí, hasta que se muera de hambre.

Déjà vu

Acá estoy de vuelta. Cerrando, abriéndome.

El cambio es bueno, porque el cambio trae crisis.

La crisis enseña. Un ciclo comienza.

Declaración de independencia

Ser adulto es, primero, conocer mis límites y respetarlos. No puedo negar mis necesidades. No puedo negar mi naturaleza creativa, silenciosa y solitaria.

Segundo, recordar que mi vida no es solo lo que trae la marea. Yo también soplo y muevo el mar. No soy una hojita al viento. Soy la misma fuerza que mueve la corriente que me lleva.

Tercero es aceptar mi libertad. Soy fruto de mis decisiones. Soy una actitud. Soy lo que hago con lo que me pasa.

Trinchera

Dicen que no falta mucho para llegar al centro y tomar la ciudad, es un punto clave, puede significar la rendición. Estamos haciendo más entrenamientos con bayoneta. Hace tres días que no como, la ración tiene que alcanzar hasta llegar al río. A partir de ahí avanzamos sin cargamento, es más rápido y silencioso. Vamos a cruzar de noche. Hoy nos pasamos la mañana apilando cuerpos. Estoy cansado. No hay nada más pesado que un cuerpo, y que la culpa. Esta pradera me hace acordar al día en que nos conocimos. ¿Te acordás? Fue en verano. Vos tenías un vestido verde, te quedaba hermoso. Nos sentamos en el pasto a comer moras. No podíamos dejar de mirarnos y de reirnos. Nos dimos el primer beso. Me sentí invencible, me sentí inmortal.

Ascenso

Es martes, son las 11:22. Ya desayuné, lavé ropa y saqué a pasear a la perra. Pongo lofi y me hago otro café. Empiezo a escribir. Duele pero el movimiento me relaja. Paso el umbral. El tiempo desacelera. Dejo de oír la música, me cuesta ver lo que estoy escribiendo, se me anula el olfato, se me adormecen las manos. Entro en otra dimensión. No siento el peso de mi cuerpo. Me despego del sofá y empiezo a levitar, salgo por la ventana subiendo como un globo. Y cuando llego al cielo, en medio de una masa de agua blanca, alcanzo la verdad. Soy Dios. Soy todo lo que hay y lo que siempre hubo. Y desde la eternidad del vacío se hace mi voluntad. Creo al hombre. Y el hombre crea el universo, a su imagen y semejanza.

Musas

Me distrae el Sol, me distraen las estrellas,
me distrae el calor, me distrae la belleza.

Me distrae pensar, la ansiedad me paraliza,
me vuela la brisa y me doy contra la pared,
como bicho en parabrisas, como pez en una red.

Me distrae el pasado, hoy soy mucho más osado,
quiero vivir entregado, quiero morir a tu lado.

Quiero sentarme a respirar, no quiero hacer más nada,
me distraen los demonios que distraen a mis hadas.

Me distrae el futuro, aunque vivo sin apuro,
me atrae lo oscuro, quisiera ser más puro.

Me distraigo y me caigo cuando me arraigo al destino.
Soy un poeta perdido caminando desnudo.
Soy un cantante mudo, soy un diamante crudo.

Expedición

Tres años ya desde que dejé la Tierra.

Voy flotando en el vacío, en la oscuridad, viajando a miles de kilómetros por hora. Esquivando asteroides, expuesto al frío y la radiación en el silencio del espacio. Explorando el límite, estudiando el tiempo.

Hacia la nada. Arriesgando todo en busca de un descubrimiento; una molécula, una célula, un indicio, algo. Algo que justifique la misión. Algo que mostrarle a los hijos de mis nietos.

Prometeo

Cada viernes un águila me come el hígado.

Escribo porque necesito vaciarme, vaciarme o sentirme vacío.

El águila me completa.

La oficina

No hay un segundo que no lamente haber elegido esta profesión. Me paso todo el día hablando de cosas que no me importan, con personas que detesto, para mantener un estilo de vida que no tengo tiempo de disfrutar.

Mis compañeros parecen ser las personas más felices del mundo. Cristina está hablando por teléfono a los gritos con un cliente a punto de concretar una venta importante, sus compañeros escuchan con cara de emoción. Carlos, como siempre, se las ingenia para perder el tiempo coqueteando con la jefa de recursos humanos. Sofía, la recepcionista, está tan harta como yo, pero al menos le queda poco para terminar la carrera, estudia diseño de interiores o algo así. Ella me encanta pero no me da ni bola, siempre me contesta todo “Ajá”, “Mirá”.

Me sostengo la cara mirando la pantalla de la computadora. Me habla alguien que nunca sentí llegar.

—¿Leandro Cardozo? —Pregunta un botija de camiseta amarilla y gorra violeta.

—Sí, soy yo.

—Entrega para usted —Y me da algo que parece ser una tarjeta de presentación. Negra con letras blancas, de cartulina gruesa. No tiene fecha, número de teléfono, logo, nada. Solo dice “Av. Milton Wellman 2991” grabada con una especie de prensa que le da un lindo relieve a la tipografía.

—Disculpá —Le digo todavía mirando la tarjeta. Cuando levanto la vista ya no está. Me paro para mirar por encima de la mampara del cubículo pero no lo encuentro por ningún lado. Mis compañeros siguen haciendo lo mismo.

Veo en la pantallita del ascensor: piso 9, piso 8, piso 7. Salto de la silla y voy corriendo por la escalera. De pasada le grito a Sofía —Che bajo rápido a ver si llego a… —Ni siquiera levanta la cabeza de la revista.

Voy de a dos y tres escalones agarrándome de la baranda. Llego a planta baja y veo la puerta del ascensor terminando de cerrarse. Salgo a la vereda. Miro para los dos lados pero no lo veo, y no hay ningún vehículo que parezca de empresa de mensajería. Cómo salió tan rápido, estoy cansado de llegar tarde por culpa del ascensor de mierda y estos idiotas que lo demoran hablando pelotudeces.

Camino hasta una cafetería que está a dos cuadras de la torre. Pido un café para llevar y empiezo a tomarlo de a sorbitos, parado afuera, al lado de la puerta del local mirando a la gente pasar.

Tiró el vaso de café y paro un taxi, me lleva a la dirección grabada en la tarjeta. La entrada es una puerta alta de madera, está entreabierta. La empujo con cuidado, hay una escalera de mármol gris. Subo hasta una recepción. A mi izquierda hay un veterano sentado atrás de un mostrador de vidrio.

—Buenas tardes, hoy recibí esta tarjeta, seguramente…

—Pase por ahí —Me interrumpe y señala la única puerta que hay, enfrentada a la escalera por donde subí.

—Creo que me está confundiendo con otra persona—Le digo y estiro el brazo para darle la tarjeta. Me mira con cara de fastidio y marca 1 en el teléfono. Alguien le dice unas pocas palabras y enseguida cuelga.

—¿Leandro Cardozo?

—Sí

—Pase o váyase — Contesta y se tapa la cara con el diario que estaba leyendo.

Paso la puerta, al otro lado hay un pasillo bastante oscuro, con las paredes cubiertas por un mosaico de rombos rojos. Al final del pasillo otra puerta que parece de bronce, pulida como un espejo. Antes de entrar me veo en el reflejo que se distorsiona con las sombras, parece que tuviera ojeras enormes. Abro la puerta y entro en una habitación que no tiene ventanas. Las paredes laterales están cubiertas de libros apilados unos encima de otros, y en el centro, sobre una alfombra casi del tamaño de la habitación, hay un tipo sentado al lado de un escritorio grande, fumando pipa cruzado de piernas.

—Leandro. Pasá, tomá asiento.

—¿Cómo sabés mi nombre? Vine a devolver esta tarjeta —Contesto todavía parado al lado de la puerta.

—¿Por qué querés devolverla?

—¿Cómo por qué? —Pregunto acercándome al escritorio —Te la dejo acá, me tengo que ir.

—Esa tarjeta es una llave —Me dice antes de que la apoye en el escritorio

—¿Llave para qué?

—Una llave hacia tu nueva vida —Responde y le da un par de pitadas a la pipa.

Me dejo caer en la butaca que está libre y guardo la tarjeta en el bolsillo. El tipo me mira y sigue fumando.

—Okey ¿Qué hago con la tarjeta?

—Lo mismo que hiciste para llegar hasta acá.

—¿Me estás jodiendo? Tiene la dirección grabada, era lo único que podía hacer, ni siquiera sabía si era para mi.

—No era lo único que podías hacer. Podrías haberte quedado donde estabas, o enviármela por correo, o tirarla a la basura. No fue la tarjeta lo que te trajo hasta acá. La tarjeta no es para vos ni para nadie, es para quien acepta el camino.

—¿Qué camino? El camino termina acá ¿Me vas a dar otra dirección?

—Acá empieza el camino. Ya viste lo que tenías que ver, es tu decisión —Me dice mientras se levanta de su butaca y pone una mano en mi hombro —Ya vengo, tengo que hacer una llamada. Tomate el tiempo que necesites, pero te pido un último favor.

—¿Qué? —Pregunto mirándolo hacia arriba.

—Si por el motivo que sea decidís no continuar, dale la tarjeta a otra persona, alguien que sientas que la necesita —Y se va por donde entré.

Aunque no parece tener ninguna intención de venderme nada, me resulta extraño que salga a hacer una llamada teniendo un teléfono de línea en su escritorio. Entiendo que puede querer privacidad, pero por qué me dejaría solo en su oficina. No me conoce, podría robarle un libro y nunca se daría cuenta, o la jarra de plata que tiene en el estante del fondo, o el reloj de arena que todavía está corriendo.

Me doy vuelta y veo que la puerta quedó entreabierta. Me levanto rápido intentando no hacer ruido y paso para el otro lado del escritorio. Abro un cajón, no hay nada. Abro el de abajo, el de más abajo y los otros tres que hay a la derecha. Todos vacíos.

Voy a la recepción ahora sin ningún cuidado. No está el portero ni el tipo que fumaba. Levanto el tubo del teléfono del mostrador.

—Estimado cliente: Este local está fuera de servicio. Esperamos que haya tenido una experiencia satisfactoria, gracias por confiar en nosotros. Estimado cliente: Este local está fuera de servicio. Esperamos que haya tenido una experiencia satisfactoria, gracias por…

Cuelgo. Salgo a la calle y empiezo a caminar por la avenida. Todo el mundo está de mal humor, pechándose queriendo avanzar. Esta avenida siempre está llena de turistas que se paran en los puestos a comprar souvenirs. Podría darle la tarjeta a cualquiera, menos a la mujer de ropa deportiva que pasó cantando con los auriculares al palo.

Llego al parque y me siento en un banco con los brazos sobre el respaldo. Respiro hondo, el aire está dulce y pesado, no hay una nube en el cielo, tengo el sol enfrente a la altura de los ojos. La brisa apenas mueve las hojas de los árboles. Hay niños corriendo y gritando en la plaza de juegos, deben ser sus padres los que toman mate conversando sentados en sillas de playa. Hay un viejo parado al lado de la fuente, mirando las palomas que comen migas en el piso, sonriendo, con una mano en el bastón y la otra en el bolsillo. Un perro viene corriendo y me apoya las patas en la pierna, se queda mirándome moviendo la cola con la lengua afuera. Le acaricio la cabeza y me lame la mano.

—¡Vení acá! —Le dice una chica que viene caminando —Perdón, es un pesado.

—No pasa nada ¿Cómo se llama?