Mediocridad

La mediocridad es incomoda porque es real, es todo lo que hay que atravesar en el camino a la excelencia:

Forcejear con la frustración, convivir con la soledad, tolerar el dolor, mirar el miedo a los ojos.

No quiero trabajar

No me gusta trabajar. He estado viviendo mi vida al revés.

La idea absurda de que tengo que encontrar el trabajo de mis sueños para ser feliz es exactamente lo que me ha robado tantos años de vida: perseguir una fantasía, un ideal que no existe, el Santo Grial, mi vocación, mi propósito.

Mi propósito es disfrutar la vida, por qué tiene que ser más rebuscado que eso.

El trabajo es un medio para conseguir otras cosas. Elijo trabajar porque no quiero depender de nadie para cubrir mis necesidades básicas, pero mis necesidades no son solo materiales, también son existenciales.

El tiempo es lo más valioso que tengo. Necesito tiempo para sentarme a la sombra de un árbol a leer un buen libro, y paz mental para estar presente cuando paso tiempo con mis seres queridos.

Puedo vivir trabajando para algún día tener la vida de mis sueños, o puedo dejar de soñar y empezar a tener una vida.

Epifanía

Toda mi vida adulta me la he pasado ocupado intentando alcanzar cosas, ideas, ideales, títulos, logros, sueños, el futuro.

No he tenido tiempo de ser feliz por estar persiguiendo la felicidad.

Aprobado

Hoy es un gran día. Aprobé el examen, tengo mi permiso de conducir. Ahora empieza lo lindo: la ley de la jungla.

El fracaso y el éxito son dos platos de la misma balanza.

Tengo que ser justo. Si acepto los fracasos entonces tengo que celebrar también las victorias. La vida no es ni una cosa ni la otra. No soy un perdedor pero tampoco soy Hércules. Es fácil dejarme seducir por la soberbia. Aprobar un examen no significa que de repente me la sé toda. Pero sí significa que pasé por un proceso, aprendí, aunque sea lo básico y sigo adelante. Es un paso importante que solo se vive una vez.

Hoy no es un día para seguir adelante como si nada. Si soy lo que hago mal también soy lo que hago bien.

Me tomo el día libre, libre de sobreexigencias.

Retorno

Estoy solo, perdido en una vasta llanura a la luz de la luna llena. Grito con todas mis fuerzas. Nadie me escucha, nadie me ve, no hay indicios de civilización. Le ofrendé mi alma a una musa que desde entonces hace lo que quiere conmigo.

Después de varios delirios y frustraciones, conseguí calmarme y me senté en una roca a reflexionar. Lo vi clarísimo. Nunca debí dejar de ser lo que era en un principio: libre, torpe, inocente.

¿Qué me pasó? ¿A dónde fui? ¿Qué es todo esto?

Sigo buscando, confío en el impulso que me trajo hasta acá. Voy hacia el otro lado del bosque de pinos nevados. Quiero ver que encuentro, espero que sea mi casa.

Taller de escritura

Diseñé un taller de escritura. Para personas que sueñan con escribir y no lo están haciendo o que les encantaría compartir lo que escriben pero todavía no se animan.

Es un taller práctico.

Vamos a trabajar bloqueos, estilo, hábitos y la escritura como herramienta de autoconocimiento.

Además, tendrás una sesión de mentoría individual de 60 minutos conmigo para profundizar en tus desafíos.

Empezamos el 21 de abril. Son 6 encuentros online en vivo de 2 horas vía Discord. Todos los martes a las 19 hs de Uruguay (GMT-3).

Acá está toda la información.

Nos vemos ahí!

Leandro

El genio de la lámpara

—Te concederé tres deseos —Dice el genio.

—¿Lo que sea, lo que yo quiera?

—Lo que quieras, pero tienes solo tres. No puedes volver atrás, así que elige sabiamente.

—Deseo no desear. Quiero descansar, quiero dejar de correr para conseguir cosas y alcanzar objetivos. Me siento una rata de laboratorio corriendo en una ruedita. ¿Por qué no puedo ser feliz así como estoy? ¿Por qué no puedo dejar de inventar excusas para estar ocupado? Es como si viviera haciendo cosas para poder algún día dejar de hacer cosas y entonces sí empezar a disfrutar la vida. A veces pienso que lo único que necesito es soltar todo. Porque no es alcanzar metas grandiosas lo que me hace feliz, es hacer lo que me gusta, vivir, recordar que estoy vivo.

—Puedo conceder tu deseo. Pero te advierto, si dejas de desear, nada te hará sentir vivo. Cuando no deseas nada no hay nada que sea importante. Y cuando nada te importe, dejarás de comer, dejarás de ser quien eres y morirás de apatía. ¿Es esto lo que quieres?

—¡Bueno no, pará! Dejame pensarlo un poco más. Entonces lo que realmente quiero es sentirme vivo. Puedo pedirte el poder de ser feliz siempre, disfrutar todo lo que haga, no padecer mis obligaciones. Pero tendría el mismo problema, si disfruto todo, nada me molesta ni me duele, dejaría de cuidar mi cuerpo físico y mi salud mental. Eventualmente, moriría de la gripe más inofensiva, por negligencia, por omisión de mi propio bienestar. ¿Qué tengo que pedir entonces? ¿Qué puede tener el poder de cambiarme la vida sin ser tan extremo?

—Estás empezando a entender. Pero te advierto, si te doy la respuesta tendrías un deseo menos. Después tendrías que pedir obtener eso que cambiaría tu vida y solo te quedaría un último deseo. ¿Es esto lo que quieres?

—No, no te voy a pedir eso. Debe haber un millón de cosas que me cambiarían la vida. Deseo renunciar a dos de mis deseos.

—Es cierto, no hay una sola cosa que pueda cambiar tu vida. Puedo eliminar dos de tus deseos, pero te advierto…

—¡Sí sí, ya sé! Pero no quiero tres deseos, dale mis otros dos deseos a alguien. Yo quiero solo uno.

—¡Concedido! Pero tus deseos no son transferibles. Elige sabiamente, solo puedes desear para ti.

—Deseo aceptar mi destino.

Humildad

Tendría unos meses cuando empecé a gatear y cerca de un año cuando aprendí a caminar. A medida que fui agarrando confianza me lancé a correr. La felicidad que tendría, lamentablemente no me acuerdo. Cuando quise acordar estaba andando en bicicleta y al poco tiempo me sacaron las rueditas y aprendí a equilibrarme. Momento épico en la vida de cualquier ser humano.

Pocas cosas me hacen sentir tan libre como andar en bicicleta. El mejor invento de la humanidad. Hoy es una extensión de mi cuerpo, se maneja sola mientras voy disfrutando la vista, el viento, el movimiento de las piernas y el flujo de mi respiración. Debo tener miles de horas andando en bicicleta y unas cuantas decenas de caídas. Apenas hace unos años me di cuenta que podía andar sin manos. Todo muy lindo, pero es consecuencia de un recorrido.

Hoy aprobé la mitad de la prueba de manejo, me fue bien en estacionamiento y reversa, pero cometí errores en la calle. El mes que viene es la revancha.

Aprobar el 50% puede parecer medio fracaso, pero es un paso intermedio. La primera etapa es obtener el permiso de conducir. La segunda es salir a la calle solo, ahí empieza el verdadero aprendizaje. La tercera es transformarme en máquina, ser uno con el vehículo, lograr esa simbiosis que tengo con la bicicleta.

Nada que valga el esfuerzo es de la noche a la mañana. Las habilidades necesitan práctica. Mucha prueba y error, perseverancia, foco. Tiempo para descubrir qué funciona y qué no.

Si hay algo que me dejó esta experiencia es un baldazo de humildad. Una vocecita en mi cabeza que dice —Hey, dale suave, no era tan fácil como creías.

El problema es querer las cosas ya.

La trampa, como siempre, son las expectativas. A mayor expectativa, mayor desilusión. Esto no significa no tener objetivos ni ambiciones. Significa que tengo que poner la atención y la energía en mis acciones, no en lo que espero que suceda. Hacer lo mejor que puedo hoy, aprender y seguir avanzando.

El obstáculo está adentro, se llama soberbia. Es no quererme lo suficiente como para darme el tiempo que necesito.

La humildad es el camino, siempre, en cualquier ámbito de la vida.

El tigre y el dragón

El miedo es una pared shōji, amplifica el peligro distorsionando la realidad.

La lagartija y el gatito parecen un tigre y un dragón.

Bloque de mármol

Escribir es ponerme el casco, agarrar el pico y subirme a un carrito que va por rieles para entrar en una cueva subterránea a extraer materia prima. Es sacrificado, incómodo y arriesgado. Pero sin ese trabajo no hay texto que corregir.

Pongo el cuerpo. Escribo a martillazos. Escribir no es corregir, escribir es expresarme.

Corregir es dejar la fuerza bruta, agarrar el cincel y empezar a dar forma.

Antes de esculpir tengo que ir a buscar el mármol.