Modus operandi

En mi equipo hay tres personas:

1. El soñador

2. El constructor

3. Y el portero

El soñador es el inspirado, el que tiene las ideas, el que se permite explorar y se da la libertad para aprender y probar cosas nuevas. El visionario, el líder, el director. El que mira en perspectiva, integra todo y marca un rumbo.

El constructor es el creador, el trabajador, la mano de obra. El que levanta rascacielos, funda ONGs y escribe novelas. Es el que transforma ideas en realidades, el hacedor, el que concreta.

El portero es el encargado de mantenimiento. El guardián que cuida con dedicación todo esto que hemos creado. Es el que actualiza y mejora. Cubre grietas, cambia bombitas, riega las plantas.

Para soñar necesito paz, espacio y libertad.

Crear demanda energía y atención, es un despegue, hay que vencer la gravedad.

Y el mantenimiento puede ser monótono y aburrido, pero no sirve de nada empezar algo que no voy a terminar o que no puedo sostener.

Tres modos de funcionamiento. Tres fases del mismo ciclo.

La fórmula

La buena noticia: Sí hay una fórmula.

Pero tengo que crearla de cero. Tengo que estar dispuesto a experimentar y dedicar horas de desarrollo. Es personal, es algo que no puedo copiar porque no funcionaría.

La magia de la fórmula es que de afuera parece fácil.

Profesional

El objetivo no es escribir bien, el objetivo es seguir escribiendo aunque escriba mal. Con el tiempo, escribir mal se convierte en escribir un poco mejor. Y escribir mejor es sufrirlo un poco menos.

Eso es ser profesional, poner el culo en la silla y escribir.

Escribir es un trabajo como cualquiera. Ser profesional, es levantarme a la misma hora que se levanta cualquier otra persona que tiene que llegar en hora a la fábrica, y escribir, escribir hasta que escribir deje de parecer una demencia. Romperme el alma, para no romperme la espalda.

A mi me gusta leer buenos libros, andar en bicicleta por la rambla, caminar en el parque con mi novia, mirar películas, jugar videojuegos con mis amigos y cenar con mi familia. Pero nada de esto tiene el mismo sabor si paso mucho tiempo sin escribir. No escribo porque me guste. Es una necesidad, un impulso doloroso pero inevitable, un umbral que tengo que atravesar.

De cada 100 palabras medianamente útiles, hay 1000 que no sirven para nada y terminan en la basura, pero morirán con honor, para que esos 100 soldados ganen la guerra.

Autonomía

Finalmente estoy aprendiendo a manejar, un sueño de años que ya no podía seguir postergando. El auto es libertad, y la libertad es un pilar en la vida que estoy construyendo.

Voy apenas tres clases y ya estamos dando vueltas por la ciudad. Es un proceso doloroso pero muy divertido. Aprender es enfrentar la inevitable brecha que hay entre la realidad y las expectativas.

Me tocó un buen instructor, exigente pero buena onda. Todo el tiempo está recordándome qué hacer y corrigiéndome cuando me equivoco: "En la próxima doblamos a la izquierda. Prendé el señalero, mirá por el espejo y si no viene nadie te vas pasando al carril de la izquierda", "Ahí pusiste cuarta. Acordate de cambiar siempre en dos tiempos, primero vas a punto neutro y después subís derecho la palanca para poner tercera".

Al volante no hay ego. No pienso en otra cosa. Toda mi atención está puesta en mantener el control del vehículo, en el tránsito y en los comentarios del instructor.
Cada arranque, cada parada y cada giro es una oportunidad para ganar un poquito más de autonomía.

Dice la tía Wikipedia que la palabra automóvil viene del griego αὐτός (autós), que significa "sí mismo" o "uno mismo", y del latín mobilis, que significa "móvil" o "que se mueve". O sea que automóvil significa eso mismo, que se mueve solo, sin necesidad de ser tirado por caballos. Es exactamente lo que quiero, que no tengan que llevarme.

Ser libre, al menos por un rato.

La psicología del dinero

Un gran libro para entender porque el dinero es un juego emocional.

«Gastar dinero para demostrar a la gente cuánto dinero tienes es la forma más rápida de tener menos dinero.»
—Morgan Housel

El Dorado

En la ciudad, el mapa es el territorio. Para llegar a destino, alcanza con conocer las reglas y respetarlas. Elegir una vía y seguir las señales, ser un buen ciudadano. La ciudad es una red de caminos prefabricados, convenientes y transitados.

La jungla es otro juego, porque tiene otro objetivo. Acá voy buscando, desmalezando, entre rocas y troncos caídos, cruzando pantanos, subiendo acantilados. No hay dirección ni caminos, es tierra virgen, salvaje, tan viva como yo.

Dicen que estoy loco. Dicen que ahí no hay oro...

Hacia el infinito

El mar, el cielo estrellado, la arena del desierto. El infinito es un concepto hermoso, es todo lo que quisiera ser y no soy.

El arte es una persecución infinita.

Pero hay una delgada línea entre ser ambicioso y ser cobarde. Ambición es tener una visión y trabajar día a día para alcanzarla. Ser cobarde es esconderse en la imposibilidad de alcanzar la perfección.

Me detengo solo por cuestiones de tiempo. Me impongo un final, arbitrario, pero real, tangible.

Elijo un territorio. El límite está lejos, y puede que no lo alcance en esta vida, pero existe, es humano. Y si es humano me compete.

Perseguir el infinito es perseguir la nada.

Nota del maestro

Estoy sentado en el patio con la computadora, sudando, soñando con irme a la playa en bici. El verano es pesado y lento pero se va volando, me gustaría que durara nueve meses más. Me gustaría que todo el año sea verano, o invierno, da igual, por lo menos no habría urgencia.

¿Será la urgencia lo que le da emoción a la vida?

No encuentro lo que busco. Está oscuro, no veo, no sé de dónde agarrarme. Escribo 900 palabras pero nada me gusta.

Me rindo.

Abro el libro de Annie Dillard y enseguida habla de una nota que le escribió Miguel Ángel a su aprendiz antes de morir:

«Dibujá, Antonio, dibujá, Antonio, dibujá y no pierdas tiempo.»
Artista y emprendedor

Tengo dos personalidades peleándose todo el tiempo. La que escribe y hace arte y quiere vivir filosofando, y la que piensa en negocios, ser pragmático y alcanzar objetivos.

El emprendedor piensa en el mínimo producto viable, el artista en el mejor producto posible.

El emprendedor no quiere perder tiempo ni desperdiciar recursos. Busca lograr más con menos, rendimiento y optimización. El artista sabe que persigue el infinito, pero sigue. Sigue porque no importa tanto llegar, sino descubrir, aprender, seguir jugando. Uno es eficiente y funcional, el otro idealista y obsesivo.

¿Pero serán tan diferentes, o yo no los estoy integrando?

¿No es esa la esencia del minimalismo? Mantener la calidad reduciendo el desperdicio.

Es lo que hago cuando escribo y cuando diseño cualquier otra cosa, buscar la versión más pura, eliminar el ruido y la contaminación, reducir al mínimo hasta quedarme con lo esencial.

Quizá debería dejar de pensar mi arte como un producto mejor o peor, y simplemente hacerlo y dejar que sea lo que es. Pedirle menos y darle más.

También escuchar un poco más al emprendedor. Para hacer arte necesito materiales; papel, lapicera, buenos libros, una computadora, internet, tiempo, paz mental, dormir bien, estar en buen estado físico, no tener que preocuparme por sobrevivir. Para eso es el dinero, para seguir haciendo arte.

Acción inmediata para una visión inalcanzable.

Los 5 libros que leí en 2025
  1. Cuatro mil semanas: Gestión del tiempo para mortales, Oliver Burkeman
  2. Los hijos de los días, Eduardo Galeano
  3. Arte y miedo: Peligros (y recompensas) de la creación artística, David Bayles, Ted Orland
  4. Los cuatro acuerdos: Un libro de sabiduría tolteca, Miguel Ruiz
  5. Comunicación No Violenta: Un Lenguaje de Vida, Marshall Rosenberg